—Bien merecido lo tienes. Nosotros tardaríamos semanas en limpiarlo, en cambio tú lo puedes hacer en unas cuantas horas. Espantado y medio loco de miedo, comenzó a gritar: “¡María puerta, ábrete!”, pero la puerta no se abrió. —¿A usted le gusta comer gallo? Pasaron los días. No volvió a pronunciar palabra, y por más que el rey le rogaba que dijera algo, no había manera. Envíos Gratis en el día Compre Cuentos Populares Mexicanos en cuotas sin interés! Y yo me cagué. Ahora mismo. —¡Qué crueldad! No te creo. Cuando el hombre llegó a su casa, su esposa empezó a estrecharlo y a acariciarlo, demostrándole que deseaba que le hiciera el amor. (2003), Los cuentos en lengua p›orhe: un punto de vista sociocrítico, México, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo / CRILAUP / Presses Universitaires de Perpignan. —Claro que sí, ponla ahí —dijo la señora. —Sí —contestó el muchacho. Y le dijo: —Espérame aquí, cuñada, voy a defecar, porque me duele el vientre. El hombre no se paró a trabajar un solo día. La mujer prendió la luz y vio que eran monedas de oro. El hijo menor, que no era ningún tonto, le pidió a su padre una guitarra, una hamaca, una soga de lazar y muchos alfileres, y con esos pertrechos fue a vigilar el sembradío. La mujer, que estaba hambrienta, se comió las tortillas. Tráeme una pera para comérmela. Y una vez que estuvo listo, el Rey Chiquito ordenó que se llenara de pura mercadería de oro y de plata, que guardó en la estiba del buque. Porque la lengua la tengo yo —dicho lo cual, sacó la lengua de su bolsa y la enseñó a todo el mundo. Leyó mi nombre en el sobre, lo abrió para leer la carta y la cambió por una que ella escribió. Pero insistieron y ella les indicó otro camino y les dijo que en esa dirección había otra ciudad, donde había tres princesas y una de ellas vivía muy triste porque desde su nacimiento estaba ciega. Pasado un tiempo llegó a hallar el hombre una casa bastante vieja y, arreglándola un poco, empezó a vivir en ella. Entonces le dijo el ratón: “¿Ves esta vela encendida? —El canto de la pájara pinta. Se me van. —Yo soy otro. Luego vieron un pleito y por último llegaron a una casa de citas. —¿No quiere comer nada antes de irse, compadre? Luego le dijo una vez más que se fuera, porque no lo necesitaba. La noche siguiente fingió que se dormía y vio cómo la cabeza de la esposa se desprendía del cuerpo y salía flotando de la casa. El marido entró hecho una furia. Así como lo ven, es más fuerte que yo. Miró al muchacho y le preguntó si él había dibujado esa figura. —Lo siento, no estoy acostumbrada a hacerlo con mi esposo tan rápidamente. —Casarme con su hija —respondió. Yo me llamo Oyín Oyán, hijo de buen oidor, que si mi padre sabía oír, yo salí un poco mejor. Cuentos populares mexicanos – Los dos coyotes. Pero desde ahora maldigo ese matrimonio y a mi propia hija. ¿Me entrega el otro para llevarlo? —Sí, no sé qué me pasa últimamente, pero no puedo matar a ninguno. Recibía las cartas de su madre, la reina, que lo tenía al tanto de la vida en el palacio, y en una de ésas le informó que su esposa acababa de dar a luz a dos gemelos preciosos, un niño y una niña. Entonces Juanito mandó traer diez carros de leña, hizo una hoguera y ordenó que echaran en ella a los viejos y a las viejas. No dijo nada a su esposa. Las hermanas, que le tenían envidia a la más chica, ya que se había casado con el rey, decidieron quitarle el hijo cuando éste naciera y poner un perrito en su lugar, para que el rey se enojara y corriera a su esposa del palacio. —¿Pero cómo? Sólo necesito un barco. Se dirigió allá, entró en el expendio y vio a su amigo de pie, junto al mostrador. ¿Para dónde se fue? La criada le trajo todas estas cosas, Isabel las agarró y se zambulló con ellas en el ojo de agua. Tenían una puerquita y la habían olvidado en la casa. Eran como dos hectáreas. —Te lo juro. Lengua: Náhuatl. —¿Qué es esto? También esta pregunta pasa. Luego ella también se desnudó. Entró, no vio a nadie y salió presuroso con rumbo a la casa de su mujer. —No lo sé, no me quiso decir. Si nos rehusamos llevar en la espalda sus cargas de leña y de maíz, nos castiga, por eso no somos tan tontos como dices”. Quisiste venir a buscarme y ahora te enteraste de la verdad. Y cuando te decía “Así nomás”, te quedabas callado y satisfecho. ¡A mí también me pegó! Entonces buscó una tablita y con ella hizo un letrero que se puso en la frente y que decía así: “Yo soy Juan Turulete, que de un golpe espanta a ocho y mata a siete”. —Una señora que encontré en el camino. Se rezagó unos pasos, aterrada, y vio a su cuñada transformase en un jaguar y devorar a su hijo. —Ésta gana el premio —dijo el rey, y bajó la cabeza, con ganas de llorar, porque no podía soportar la idea de que la changuita hubiera resultado la ganadora. Los perros lo oyeron y empezaron a ladrar. —No voy a dejar que me vea —dijo la muchacha. Se fue internando más y más en el monte, muerta de sed y de hambre, y cuando no pudo avanzar más, le pidió a Dios que le indicara la manera de llevar su vida en aquel estado. Y ella contestó: —Porque mataron a mi perrita y me abandonaron en el monte. —Denle otros cinco de mi parte —añadió la mujer. De nueva cuenta aparecieron las tres muchachas y miraron fijamente al joven, aguardando su respuesta. —Cariño y voluntad —contestaron los sirvientes. El sargento quedó impresionado por lo que había escuchado, pero no le comentó nada al Rey Chiquito para no inquietarlo. Agárralo y entiérralo en tu casa, como si lo sembraras. La dejó sola, y ella, al despertar en la mañana, encontraba siempre un vestido nuevo, pero no sabía quién se lo cambiaba. Y mientras finge, ha abierto su morral en donde guarda (¡quién sabe cómo fue a parar ahí!) Se acercó a la mujer y le dijo: —Comadre, yo le voy a quitar las bolas, pero usted me devuelve los manteles y la bolsita. Hablas más bonito que la otra vez. Llegaron muy pronto frente a una vasta llanura. Cuando llegó al primer poblado hicieron sonar las campanas llamando a misa, porque el cura había llegado, y la gente acudió a presentarle sus respetos. Caminó por el mercado entre los últimos puestos que quedaban y de repente se fijó en una máscara. El muchacho le dijo a su madre: —Mamá, ya estoy grande y los puercos bien gordos. —¿Quieres ver qué está haciendo en este momento? No iban propiamente por el camino, sino a un lado de él, y el tirador les preguntó a dónde se dirigían. Te metes en el horno para que no te vean y te estás bien quietecito, porque si te oyen los perros, te comen. Se ve en el sueño adentro del cuerpo del puma, sin saber qué hacer, y piensa que tiene que salir de ahí, de lo contrario no tardará en morirse. 125-127. ¡Qué diferencia con la vida que habían llevado con sus padres, en que comían muy pobremente, casi siempre chile y tortillas, y además tenían que ayudarles a cargar leña! —¡Trabaja mucho el cabrón Sombrerón! José acompañó a los novios y durante el festejo no dejaba de mirar a la novia, hasta que, torturado por los celos, le dijo a Eligio: —Voy a ver cómo sigue mi mujer, que está enferma, y ahora vuelvo. 92-99. Sin embargo, cuando consideró los grandes peligros que representaba un viaje tan largo en alta mar, llegó a la conclusión de que lo mejor era ocultar la pintura. Encerraron a los muchachos en una choza y al día siguiente, tan pronto como amaneció, los dos fueron llevados ante el rey del lugar, que se alegró mucho de verlos, sobre todo a María, y quiso saber dónde los habían encontrado. Sí que tienen unos dientes grandes y filosos. —Si es así, quisiera ir pronto, porque ya se va a vencer el plazo para encontrarnos. —Luego vi otro cerro, éste pelón y sin un hilo de hierba, pero las vacas que había ahí estaban bien gordas. —Fui yo quien te ayudó —le dijo—. Corría sin parar de día y de noche como un alma en pena, deteniéndose sólo para recobrar el aliento, beber agua y comer cualquier cosa que encontraba en el camino. —Pues me han dicho que además de sus borregos y su burra tiene unas piedras que valen millones de pesos y muchas alhajas de plata y de oro. Coman con más ganas —dijeron la viejita y el viejito, y se retiraron de mal humor. ¿Cómo voy a recuperar el anillo de la princesa?” Las horas pasaban y ya se estaba resignando a la idea de morir, cuando se presentaron las palomas que había alimentado en el camino. El muchacho, por toda respuesta, le tiró el huevo a la cabeza y, al quebrarse el huevo, el gigante murió. El hada de las aves ¿ De dónde venimos las aves? —Pero hombre, estás viendo que hice el favor de liberarte y ¿aun así quieres comerme? —Mira en qué me he convertido —le dijo ella—. —A ver si así se endereza el árbol —dijo. ¿Quién te metió a mi palacio?” “Usted mismo”, le contestó el joven, y le contó punto por punto lo que había ocurrido. Les explicas que tengo el poder de hacer jóvenes a los viejos, y que se lo cuenten al rey. —¿Y por qué? —Pues sí, hijo, llévatelo. —le preguntó el cojo al ciego. Y a una señal de la reina, los guardias entraron y lo llevaron preso, con gran felicidad del hombre. Voy a morir, pero ni pienses que heredarás mi riqueza, porque cuando me muera, toda esta riqueza se va a acabar. La última vez que la cabeza regresó, se puso sobre la cama y le habló al marido: —¿Por qué me hiciste esto? Estoy calentando mis tortillas —dijo el otro. Lo que no le dijeron, porque en esa ciudad les caían mal los forasteros, era que estaba llena de ratas y esas ratas comían gente. La mujer se asustó, pero no dijo nada. Escucha. El muchacho se levantó como pudo y les dijo a las guardias: —Vengo a ver si me toca la suerte de casarme con la hija del rey. El conejo volvió a colgar la red donde estaba y se fue. Aquí la traigo. —Me acuerdo de tu petición, mujer, pero antes quiero ver el regalo de tu hijo. Cuando entraron en la tienda el muchacho agarró todo lo que pudo: sarapes, rebozos, paños, cintas, fajas, y como también había dinero, lo tomó y lo metió en el fardo. Y usted va y la agarra cuando no se mueve, y lo echaron a prisión. Después de caminar un rato vio una peña húmeda donde caía una gotita de agua. Contado por don Pedro Miguel Say. —Sí, patrón —le dijo—, voy con usted, pues me acaba de pasar la desgracia que anunciaba el pájaro. Rubén Darío – Cuentos completos 134. ¡En la oscuridad, sin querer y creyendo que era su mula, había ensillado a un oso que andaba merodeando por ahí! —preguntó Cristo. La noche lo agarró en pleno monte. Un día se escondió para saber qué hacía. —¡Ay, Isabel, qué bonita voz tienes! ¡El encanto se había roto! Entraron en la herrería y Cristo se dirigió al herrero con estas palabras: —Señor herrero, ¿podría prestarme un momento sus herramientas para hacer un trabajo? LA JUSTICIA ES LA JUSTICIA Núñez, M. (2006-2010), Voladas, cuentos breves de la tradición oral maya de Quintana Roo. ¿Has entendido? Al principio lo hacía como una broma, pero después, cada vez que su esposa salía un momento de la habitación, tiraba la comida y se agachaba a comerla como un puerco. En seguida el negrito vio a la yegüecita, toda briosa y relinchuda, que no paraba ni un momento de dar vueltas. A eso de la medianoche llegó un señor vestido de negro, muy presentable, que traía unas flores. Esperó que anocheciera y fue al palacio, se acercó y se acostó junto a la puerta principal. Pero el hermano menor ya no pudo agarrar el sueño y no dejaba de moverse. ¿No sabes leer el letrero? —¡Eh pech! * * * 7 Título original: “El zahorí de boñiga”. Fue a referírselo al trajinero, que era su amigo, y éste pasó al día siguiente frente a las ventanas del palacio y le dijo a su burro en voz alta, para que el rey lo oyera: —¡Apúrate burro, camínale! Un día su suegro le dijo: —Aladino, quiero que vayamos tú y yo a platicar con otros reyes que se van a reunir en una ciudad que está algo lejos de aquí. —No, mejor espérame aquí, le doy un abrazo a mi madre y me regreso en seguida —dijo el muchacho, y siguió caminando hasta llegar a casa de su madre, que lloró de felicidad al verlo. EL HOMBRE QUE SE HIZO RICO EN UNA NOCHE Mixe-Oaxaca Había una vez un señor muy pobre. Se fueron entonces en el coche del rey, y cuando llegaron a palacio, todo estaba listo para la boda. Entonces el viejito metió la mano en el bolsillo del pantalón en busca de las monedas, pero estaban vacíos. Ellos no querían, pero su padre los obligó delante de toda la gente y no pudieron negarse. —No, porque me quemo. Por suerte había una casa cerca, y ahí pidieron posada. LA ALERTA DE LOS GRILLOS Chávez, M., y R. López (2009), “Zidgyni zyala malaza liu ‘Vengo de la luz del amanecer, recordándote’. * * * 37 Título original: “El cojo y el ciego”. Entonces se escuchó un ruido de metal, como de cientos o miles de monedas cayendo. —Quiero comida —dijo Aladino. Remando todo el día y gran parte de la noche llegaron a tierra firme. —Un hombre es lo que tengo —dijo el lagarto—. Fue a hablar con su padre y le preguntó qué delito había cometido aquel hombre. Llegó a una ciudad, se puso a jugar y perdió todo su dinero. ——— (1972), Las transformaciones del cuento maravilloso,(trad. —¡Sujétenlo fuerte! —¿Te regresó la voz? A partir de una minuciosa investigación etnográfica y lingüística de los relatos de tradición oral más representativos del país, Fabio Morábito reúne en esta antología 125 cuentos provenientes de regiones que van desde Sonora hasta Chiapas, desde los tarahumaras hasta los chontales y, más allá todavía, incursionar en California y Nuevo México, para reaparecer más adelante en Veracruz y Querétaro. Luego montó en su caballo y se fue por donde había venido. El pobre hombre abandonó el palacio temblando de pies a cabeza. Mientras tanto, quedarás incomunicado en los jardines del palacio. Entonces la voz dijo: —No, no soy lo que piensas. La madre superiora no sabía hacia dónde voltear la cara y, para romper la tensión, le preguntó al arzobispo si le harían el favor de bendecirle el animal. México, UNAM, 5, pp. Los niños la enterraron y siguieron con su vida desolada. —¡No! Mientras, usted me prepara el grano. Cuando le dijeron que podía abrir de nuevo los ojos, estaba frente a su casa, que hacía mucho no veía. El pobre intentó huir, pero lo agarraron y lo mataron a machetazo limpio, cortándolo en tres pedazos. Al hombre le hubiera gustado casarse con la más chica, pero comprendió que era demasiado viejo para ella, así que señaló a la mayor. MAÑANA: DÍA DEL JAGUAR Lacandón-Chiapas-Guatemala Había una mujer que le dijo a su cuñada: —Mañana iremos a recoger chirimoyas. —¿Una changa? —A ver, ¿por qué no sales? —dijo ella. Vio también unas huellas que había en el suelo de tierra y comprendió que un negro había llegado a raptarla. Eso de seguirlo es un decir, porque caminaba tan lento y desganado, que el otro tenía que pararse a cada rato para esperarlo. El rey, entonces, liberó a Juanito y le ofreció al renovador lo que quisiera, pero éste no quiso nada y él y Juanito se marcharon del pueblo. La rata canguro llevó a la zorra con el águila, a la que le preguntó lo mismo. —No me importa. Se le ocurrió llamarlo, pidiéndole que bajara. —dijeron, y empezaron a pegarle, y como él no se defendía, les dio más coraje y lo golpearon con más saña, hasta que lo mataron. Su madre dobló los manteles mágicos, los ocultó por ahí, y los que había traído su hijo los puso en la saquita del compadre. Como se sabe, los caballitos son inquietos y les gusta andar por aquí y por allá. Pensó que era más blanca que el mármol, y le pareció hermosísima. Y la reina es amiga mía. En la tardanza está el peligro. Ésa es la historia de la mujer que fue a recoger chirimoyas con su cuñada. Contado por Fidencio Esquivel y José Ramírez Márquez. —gritaron, y corrieron a ver, pero cuando pegaron el ojo a la chapa de la puerta, vieron que era una piedrita lo que alumbraba la capilla y fueron a contárselo a la princesa. Y ahora de golpe se volvió trabajador y tiene su casa y nada le falta. Una tarde mientras miraba el río sintió por vez primera nostalgia de su esposa y de sus hijos, y al otro día, sin decir nada a nadie, se alejó del poblado, y cuando estuvo lejos de la última casa empezó a correr río arriba, rehaciendo el camino de la corriente que lo había llevado desde la sierra al llano. —Soy el hermano menor de tu padre —le dijo el negro. El pastor desamarró el costal y dejó que Nicolasín se saliera; a continuación se metió él, y le dijo: —Te pido un favor. —Bueno, sólo porque usted me cae bien. Al instante salió un humo blanquecino de la lámpara y el humo se transformó en un duende. Los hijos lo seguían, pero el padre no se dio cuenta de que el camino que abría, en seguida se cerraba a sus espaldas. Quedó tan triste que se le fueron las ganas de trabajar. Supo entonces que aquel encanto había llegado a su fin. Si no, me pagas tú. La comadre corrió a buscar los manteles y la bolsita, que dejó sobre la mesa. Caminó hasta que se hizo de noche. —¡Si todavía no me despachan! Siguieron bajando por el monte y la mayor les dijo a sus dos hermanas que se adelantaran, porque quería estar a solas con su novio. —Sí, pero que lleve un letrero de oreja a oreja que diga así: “Palabra del rey no vuelve atrás”, y que lo firme usted. Contado por Adolfo Flores Sevilla. Iba perdido en su caballo cuando de pronto escuchó que le gritaban: —¡Alto ahí! Cuentos mixes, México, Cultura-SEP. Barrios, M. E. (1949), “Textos de Hueyapan, Morelos”, Tlalocan, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 3(1), pp. —Está bien —dijo el hermano mayor, y lo ayudó a trepar la puerta en el árbol más a la mano. El dueño de la casa le dijo: —Puedo regalarte miel, pero si prefieres dinero, te daré dinero. —Llévate el que quieras. Región: Oaxaca. Llamó al sargento de la escolta real y le dijo: —Éste es el retrato de la hija del rey del Sol Adorado. El viejito se puso de pie y se dijo: “Hombre, falta que sea cierto. Pero la mujer no hallaba cómo, porque el caballo ciego se hacía para un lado y para otro, así que su marido tuvo que levantarla y treparla sobre la silla. (comp.) Vivían contentos, el muchacho cazando con sus dos leones y la muchacha cuidando la casa. Cenicienta tenía dos hermanas, y éstas, al revés de ella, no movían un dedo en los quehaceres domésticos. Buscó al dueño del caballo y, cuando lo encontró, le preguntó si se lo vendía. La única ventana de la habitación era muy pequeña y tenía rejas. Que va Nicolasón a su casa y que mata a su mula, le quita el cuero y se va a Ixmiquilpan a venderlo. Región: Oaxaca. Pero el hombre no se amedrentó, hizo girar el palo como aspas de un molino y, ¡cuello que encontraba, cabeza que tronchaba! El conejo volvió con el gallo y le dijo: —Oiga, compadre, ¿es verdad que a usted le gustan las cucarachas? Cuentos populares orientales. El muchacho llegó al lugar que le señaló se sentó sobre una piedra y se dijo: “Me jarrito de agua de su morral, juntó unos agua. Usted es el que está enojado y nunca me habla. —¿Quieres que cargue toda esta leña? Región: Durango. —Estoy esperando que despierte mi marido. Voy a buscar uno como aquél, cueste lo que cueste. —No, no regresaré a ese lugar. Si quiere, puede contarlos. —Muy bien, déjalo en mis manos —dijo el genio. ESPERAR QUE EL HIGO CAIGA EN LA BOCA Recinos, A. Así pues, les daba algo de dinero cada mes para que el muchacho se mantuviera. Del mismo modo, quiero un guaje que, el que se encierre en él, ya no pueda salir. En la tercera noche, mientras las doce princesas regresaban de prisa por el sendero, el hombre volvió a pisar inadvertidamente a la princesa más pequeña; pero en esta ocasión, en lugar del vestido, le pisó un calcañar y le arrancó una zapatilla. Pronto se hizo de noche y descubrió una fogata entre los árboles. Cuando llegaron, dividieron el oro en partes iguales y el compadre rico se fue para su casa. Todo era hermoso. Cuentos populares mexicanos – Friega Tiznados Blog jueves junio 25th, 2020 Os presentamos el cuarto y último cuento popular mexicano seleccionado por Camilla Impieri y reproducido con el amable permiso de Fabio Morábito. —gritó el hombre, asustado—. —Le juro que yo no puse este letrero, majestad —dijo el cura. Lo mismo pasó al día siguiente, y así siguió trabajando durante toda la estación de siembra, hasta que llegó el momento de la cosecha. Se escondió detrás de unos arbustos y aguardó. —¿Y qué es lo que tienes en el hueco del árbol? Así lo hicieron sus dos alguaciles y el monstruo regresó al lugar de donde había salido. El joven soldado fue a hablar con el capitán y le dijo: —Traigo a un hombre que quiere enlistarse en la tropa. ¿No te lavaba la ropa? Nada malo les puede pasar. —Toma este cuchillo para que cortes la raíz —dijo Doña Tucha. El agujero era ya un pequeño túnel. —Trabajando, y usted ¿quién es y de dónde viene? La señora no tuvo más remedio que ordenarle al muchacho que saliera de su escondite. Y fue a dársela al Cristo. Todo pasó como le había dicho: el compadre se hizo jaguar, el muchacho le amarró los costales al cuerpo, se subió a su lomo y se fueron. La muchacha, que había conseguido un ataúd para la ocasión, le ordenó que entrara en él. ¿No es cierto que el lugar en donde se está haciendo el desfondamiento?”. —El cerró está listo —le dijeron. —¡Lo más encargado, lo más olvidado! Región: Jalisco. Lengua: Español. Todo eso lo escuchó Oyín, que les dijo a sus amigos: —Estamos perdidos, la bruja derribó a Corrín y le quitó el cintillo de oro —y mirando a Tirín Tirán, le dijo—: Sólo tú puedes salvarnos. El tiempo de búsqueda de un archivo típico es de unos 15 a 20 segundos. —No es fácil contestar —dijo el coyote—, primero tendría yo que ver cómo estaba atorada la serpiente. Los cachorros siguieron jugando, pero al rato se cansaron y le volvieron a pedir que les contara algo. LOS TRES HERMANOS Español-Nuevo México En un reino vivía un rey muy poderoso que quería mucho a sus súbditos. Que lo oye Nicolasón, que pasaba por ahí, y le reclama: —¿Cómo es eso de “mis dos mulas”? —¿Estás segura? Le pegó con la cabeza, con la cola y con el pecho, y se quedó pegado también de esas partes. Región: Veracruz. —¡Nahh! El anacoreta, que escuchó la conversación, salió de su escondite y se presentó ante los hermanos: —No se enfaden con su madre, señores. ¿Y quieres que lo corte en listones? —Sí, majestad. —Está bien —dijo el hombre—. —Pero a ver, ¿por qué quieres matarlo? 72-74. —Sí, señor rey. —gritó. EL RECIÉN CASADO Español-Veracruz Éste era un recién casado que tenía una mujer bonita. Los cargó sobre las mulas, agarró el bastimento y se fue. Fue tal su expresión de dolor y espanto, que la reina se puso lívida, porque comprendió que no sabía nada. Volvió a llenar la copa y estaba casi llena cuando el halcón la tiró de otro aletazo. LA MUERTE Castro, H. L., y E. R. Medrano (2010), Tutu ñuu oko. Una vez que le quitó la piel, excavó un hoyo y enterró la carne para hacerla en pibil. El hombre sacó mucha miel del barril y se la regaló al compadre. —¿Cómo lo sabes? Esa noche el viejo le dijo a su esposa: —Sólo nos queda el borrego. —¡Claro que se irá temprano, pero a denunciarnos! El rey, que no podía negarse a ningún deseo de su hija, accedió, y los sirvientes, empujando el armazón de ruedas, llevaron el águila a su recámara. Cuando el capitán fue llevado ante el rey, éste preguntó: —¿Quién es este hombre? Entonces le dijeron: —¿Por qué le hiciste eso a tu marido? Vamos a buscarla, la tengo en las ramas de una ceiba que está en la orilla de un cenote. Bajó del árbol y caminó en esa dirección. Se puso muy triste. En ese momento había un hombre muy elegante, vestido con todo y corbata, a quien el rey le acababa de plantear el acertijo, y el hombre elegante respondió: —Su hija tiene un lunar. Al otro día el coyote fue a acechar a la gallina gorda. Así, cuando llegaron al monte y lo abandonó, el muchacho no tuvo manera de regresar. —Soy el Diablo. Al día siguiente llegó temprano y dijo: —Ahora hay que enterrar los horcones. Cuando llegaron era cerca de la medianoche y se dirigieron al gallinero. Fueron a la casa y el chamaco les entregó los regalos que enviaba la mujer de la canoa a toda la familia. Vámonos de aquí —le dijo, sacándolo a la fuerza de aquel lugar—. Lo que hay aquí es oro, mucho oro. Cierto día, como era arriero, se fue de viaje y cuando regresó tres días después su madre le dio la noticia de que su esposa había muerto. —Ve a darles una sacudida —le dijo. Sólo te va a estorbar —dijo su padre. El hombre, al ver que no podía entrar, se quitó la máscara y regresó a la fogata para calentarse. El hombre fue a ver, sacó un morral y vio que adentro había un pavo al horno. Castro, H. L., y E. R. Medrano (2010), Tutu ñuu oko. “Para que recobre la vista —explicó la leona—, lo único que hay que hacer es aventarle siete semillas de lima cuando acabe de bañarse.” Dicho esto, la leona se levantó, les dijo a sus cachorros que era hora de dormir y se fueron. Entonces llamó al hijo más pequeño: —A ver si tú no te me duermes como tus hermanos. —Eres una mujer muy bonita. Cuando llegaron le preguntó al espejo: —Espejo de Amarilis, ¿hay otra más bonita que yo? ¡Hasta parece que es de día! Y, lo peor, es que todo ha sido para nada. Pero ella había hecho una promesa y, en un descuido de su padre y de sus hermanas, salió de la casa y regresó donde había prometido regresar. Años atrás, vivía cerca de Oaxaca un murciélago que soñaba con tener plumas para embellecer. —le preguntó el hombre—. Cuando el gavilán vio al joven, lo llamó y le habló así: —¡Oye, tú, haznos un favor! Entonces los metates se dieron cuenta de que alguien los estaba viendo y dejaron de trabajar. Llegó la tortolita a descansar en el palo y se pegó. Pedro, que estaba despierto, vio todo lo que estaban haciendo, y tan pronto como el amo y la mujer agarraron el sueño, se levantó y, sin hacer ruido, tomó las ropas de la mujer y se las puso; luego tomó la colcha, se acercó a la cama del marido y lo sacudió en el brazo para despertarlo. Gritó tan fuerte, que la gente del pueblo no tardó en reunirse alrededor del árbol. —Pero hijo, ¿no ves que somos pobres? Más adelante se encontró con que el camino se dividía en dos y recordó el primer consejo del hombre: “Nunca dejes camino real por vereda”, de modo que evitó internarse en la vereda y siguió por el camino principal. Luego hacemos una adivinanza y el que adivine de qué está hecho el tambor y los palos con que se toca, se casará conmigo. Se quedó ahí dos días, y al ver que los gigantes no regresaban, se cansó de esperarlos y se fue. El joven estaba a un punto del desmayo por el calor de las velas, de los cohetes y del incienso. Mandaron llamar a la reina, que al ver al rey otra vez vivo, galán y joven, se derritió de gusto. —En el palacio con el rey Fulano. — respondió la zorra—, lo único que sé es que tengo hambre y que te voy a comer.” La rata canguro, casi interrumpiendo a la zorra, dijo: “¿Pero no ves que estoy escarbando la tierra?”. Sólo había una cuestión que lo tenía perplejo. Con la lámpara otra vez en su poder, la frotó y, al instante, reapareció su casa con su esposa adentro. ¡Viera qué susto nos llevamos! Si quieres dinero, te lo daré. El sacerdote insistió: —Véndemelo, lo necesito para recorrer las iglesias de los pueblos cercanos, porque a mi edad ya no puedo caminar mucho. Te vamos a pagar. El gallo quiso echar un ojo a la milpa del conejo, y al verla tan abundante aceptó adelantarle el dinero que le pedía. ¿Cree que se la voy a entregar a gente como ustedes, sucios, pelados y haraganes?”, exclamó el hombre, y le ordenó a la señora que se retirara. En la oscuridad vio un animal extraño. Ya muy tarde, se regresaron por el mismo camino por el que habían llegado y el soldado fue tras ellas. —¿Me harías el favor de pasarme al otro lado de la barranca? El rey le dijo que se iba a casar con su hija al día siguiente y al otro día quería ver a su nieto, tal como él lo andaba pregonando por ahí. Sólo uno. LA MUJER DE LA CANOA Sulvarán, J. L. (2007), Mitos, cuentos y creencias zoques, Chiapas, San Cristóbal de las Casas, pp. Cuando llegaron a grandes, le pidieron permiso para irse lejos, a ver qué les ofrecía la vida. Túmbate otro —le dijo a su amigo, pero nadie le contestó. El rey no podía creerlo. —Ellas lo encontrarán. Durante la noche, cuando estaba todo en silencio y la princesa dormía, cerrada con siete puertas, el águila dijo “Dios y hormiguita”, y al instante se volvió hormiga y pudo salir de la jaula. —Sí, esto es demasiado —dijo el Rey Chiquito—, ya pasó la medida. —¡Viejita, viejita! Cuando el hijo se hizo grande le dijo a su madre: “Oye, mamá, ¿no crees que ya es tiempo de que me ponga a trabajar?”, a lo que su madre contestó: “Está bien, te voy a sacar una pieza de manta para que la vendas en los pueblos”. El gato le dijo entonces: “Tú sabes nadar, yo no. —¿Dónde estuviste, compadre? Tocaron la puerta: —¡Friega Tiznados! —Voy a llamar al juez —dijo la vieja zorra y regresó al poco rato con el viejo zorro, que traía la cola bien parada y se sentó en la orilla de una piedra. Pero apúrate. Y todas las que van a verla, cuando regresan se matan —le contestaron. Lo dicho por la madre abuela se cumplió, hoy la casa está abandonada y ni siquiera los grillos la habitan. Entonces la señora entró en el gallinero, agarró un tizón y, sin pensarlo más, le asestó un golpe tremendo en la nuca. EL NEGRO CIMARRÓN Universidad Nacional Autónoma de México (2000), El negro cimarrón / Ya’Yejal JjIk’al, (trad.
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